
Reír, bailar, cantar, soñar, sus amigos la llamaban “la niña del viento”, porque cada vez, que se sentaba en su habitación a dibujar con sus lápices de colores, o se tomaba el vaso de leche de la merienda; cada vez que escuchaba la brisa del viento entre los ventanucos de su casa,
salía corriendo a la puerta, la abría con brío y corría con los brazos abiertos contemplando como el sonido airoso del viento iluminaba aún mas su sonrisa.
Felisa estaba loca, eso decían los chopos del bosque, las ranas de la acequia.
-Estás loca, loca de remate-, y ella siempre pensaba,
“debe ser verdad, pero a mí, ¡a mí que más me da!”
Solo el colibrí que anidaba en la ventana de su habitación,
sabía que no estaba loca, sino que era una aprendiz de brujita,
un poco locuela.
Porque Felisa tenia un gran secreto, que la hacía especial.
Cuando llovía, cuando el olor de la tierra mojada
permanecía entre las habitaciones de la casa,
cuando los atardeceres eran tan inmensos que sus ojos
no alcanzaban a ver la puesta de sol,
cuando escuchaba suspirar al gato Boniato
porque sufría de mal de amores, cuando todo esto ocurría,
Felisa era invadida por una melancolía tan extrema
que le asaltaba enormes ganas de buscar la felicidad.
En esos momentos, Felisa sabía lo que tenia que hacer:
iba a su armario, abría el primer cajón y se ponía sus calcetines mágicos.
Y viajaba entre nubes de algodón a países exóticos
donde los sueños eran de chocolate, donde siempre
lucía el sol para sonreír a la vida.
En esos momentos se olvidaba de la melancolía
y era inmensamente feliz ...
Mamá siempre le decía que no debía acostarse con calcetines,
porque se perdía la sensación de sentir las sábanas frescas
sobre sus dedos, pero Felisa, tenía mil razones
para no hacerlo, ya que era su secreto mejor guardado…

molt bonic =)
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